Búsqueda de sentido

Este terrible delito ya está alcanzando a la sociedad entera.  El secuestro ya no es exclusivo de magnates o de empresarios millonarios que encabezan las listas de los más influyentes del país o del mundo. Hoy en día, la delincuencia organizada, ya no es selectiva para este delito, ni siquiera el nivel socioeconómico es un factor determinante, ya que igualmente pueden decidir secuestrar a un empresario, que a un pequeño comerciante o incluso a una persona humilde.  Este delito tampoco se centra ya en los hombres considerados como cabezas de familia, por el contrario, el riesgo hoy en día, es igual para hombres que para mujeres, para jóvenes ó alarmantemente, para los niños.

Aunque las peticiones económicas pueden ser indistintamente cifras millonarias en dólares o “tan sólo” en miles de pesos, las presiones que ejercen los delincuentes para obtener este “rescate” son igualmente terribles y crueles para ambos casos, causando a las víctimas un sufrimiento cada vez más grave.

El Secuestro es uno de los delitos más complejos que existen, ya que en sí mismo engloba varios más: lesiones graves, golpes, amputaciones, heridas de todo tipo, vejaciones, injurias, insultos, amenazas contra sí mismo y su familia, crueldad extrema, abuso y/o violación sexual en muchos de los casos, tortura psicológica, extorsión, robo y muchos más.

Lo más grave es que la  víctima  y su familia, están expuestas ante todos estos delitos, agresiones y presiones, en forma constante y por lapsos de tiempo considerables.

Se habla de la víctima de secuestro cuando se refiere a la persona privada de su libertad, pero también, las grandes víctimas del secuestro son la familia en particular y la sociedad en general.

El sufrimiento al que se ven expuestas las familias las convierte en otras víctimas, debido a la comunicación con los secuestradores, de los cuales recibe las constantes amenazas de muerte y pruebas de tortura que aplican al ser querido, creando inmenso dolor y sentimientos de impotencia que poco a poco van mermando el núcleo familiar.

Las familias entran en una crisis que comienza por un duelo interminable, ante un sin número de pérdidas, reales o perceptuales: pérdida de su ser querido por un tiempo indefinido, pérdida de su estabilidad emocional, económica, por supuesto la pérdida de la seguridad en TODOS LOS SENTIDOS, pérdida de la fe hacia la sociedad y sus instituciones, pérdida de la confianza en sí mismos e incluso de las ganas de vivir.

Algunas de las familias tienen la fortuna de experimentar lo que muchos han referido como “una auténtica resurrección” al tener a su ser querido de regreso, pero otras no corren con la misma suerte…y el círculo jamás se cierra en sus vidas.

La zozobra, la incertidumbre y las agresiones de las que son objeto dejan a las familias totalmente devastadas y sin saber realmente cómo reconstruirse y cómo enfrentarse de nuevo a la vida. Desafortunadamente en muchos casos y debido a la presión a la que se vieron expuestas en vez de unirse a raíz del secuestro se desintegran totalmente.

Generalmente no pasa mucho tiempo en el que toda la agresión que entró al sistema familiar, se comienza a redistribuir, es decir, comienzan los reclamos sobre las decisiones tomadas durante el proceso, incluso no es raro saber que la agresión puede volcarse directamente hacia la misma persona que sufrió el secuestro – a la que ubican como responsable indirecta de todo lo que se tuvo que sufrir, de los cambios que se han visto obligados a hacer, de la inseguridad en la que se vive después del secuestro y de todas las pérdidas adicionales  de la familia-.

Como si no fuera suficiente, las víctimas de secuestro tienen que pasar por un difícil proceso de aceptación de que su vida HA CAMBIADO, que el hecho de sufrir un secuestro implica necesariamente grandes pérdidas que deben asumirse a través de la adopción de una nueva forma de vida.

En este sentido, es una gran responsabilidad para los psicoterapeutas y otros profesionales de la salud mental, lograr reencuadrar esta fase como una “nueva y gran oportunidad en la vida”; ayudar en la elaboración adecuada del duelo ante tantas pérdidas y dar una luz de esperanza al final de este túnel oscuro que los obligaron a recorrer.